martes, 10 de junio de 2014

Hillary Clinton ve Latinoamérica una región por la que se puede apostar

Rousseff y Chávez, las dos caras de América Latina según Hillary Clinton

 Escrito por  Silvia Ayuso 

Publicado en el periódico El País
Hillary Clinton, en un evento el pasado mayo. / JONATHAN ERNST (REUTERS)
Dilma Rousseff como el modelo de “líder formidable” y ejemplo de los avances de la democracia en América Latina. Hugo Chávez como un “dictador autoengrandecido” que constituía más una “irritación que una amenaza real, salvo para sus propios ciudadanos”. Así ve las posibilidades y carencias de América Latina la ex secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton, que dedica a la región un capítulo entero de las memoriasDecisiones Difíciles que se publican este martes.
Hasta el título es significativo: América Latina: Demócratas y demagogos. Según Clinton, cuyas memorias son consideradas un trampolín para su candidatura a la presidencia en 2016, es necesario superar la “imagen obsoleta” que muchos estadounidenses tienen de América Latina como una región “de golpes de Estado y crimen”. Este es ahora un continente que, afirma, ha logrado “notables avances económicos y políticos en los últimos 20 años” y de cuya transformación hay “mucho que aprender”.
Como de Brasil y su presidenta Rousseff. “La admiro y me gusta”, asevera Clinton. “Puede que no tenga el colorido descaro de Lula o la experiencia técnica de (Fernando Henrique) Cardoso, pero tiene un fuerte intelecto y verdaderas agallas”, valora. Y señala su gestión de las protestas sociales de 2013 como un ejemplo de actuación democrática: “En vez de despreciar o golpear y encarcelar a los manifestantes, como tantos otros países han hecho, incluida Venezuela, Dilma se reunió con ellos, reconoció sus inquietudes y les pidió trabajar con el gobierno para resolver los problemas”.
Clinton también tiene buenos recuerdos de otra presidenta de la región, la chilena Michelle Bachelet, a la que define como “aliada y amiga”, y de la ex canciller mexicana Patricia Espinosa, una de sus “colegas favoritas”. Significativo es por el contrario el silencio que mantiene sobre otra líder regional de su tiempo, la argentina Cristina Fernández de Kirchner, a la que no menciona en las 600 páginas de memorias.
Como la otra cara de la moneda de una siempre compleja América Latina, Clinton habla de “demagogos” como el fallecido presidente venezolano o el derrocado hondureño Manuel Zelaya, una “reminiscencia a la caricatura del hombre fuerte centroamericano, con su sombrero de cowboy blanco, su bigote negro azabache y su cariño por Hugo Chávez y Fidel Castro”.
En la veintena de páginas que dedica a la región, Clinton se detiene especialmente en los acontecimientos que siguieron al golpe de Estado que acabó con Zelaya, y a los esfuerzos conjuntos en el marco de la Organización de Estados Americanos (OEA) que se realizaron para superar la crisis. Pero subraya, citando al mediador propuesto por ella misma, el ex presidente costarricense Oscar Arias, que fue un esfuerzo que se hizo “por principios” y por el miedo a que el golpe en Honduras tuviera un “efecto dominó” en América Latina, no por simpatía hacia el derrocado gobernante.
De igual modo, Clinton hace una pausa para meditar sobre los esfuerzos que el gobierno de Barack Obama hizo hacia Cuba y señala como uno de sus remordimientos como secretaria de Estado el “no lograr traer de vuelta a casa a Alan” Gross, el contratista encarcelado en Cuba y que supone, según la Casa Blanca, el principal obstáculo actual a la normalización de las relaciones con la isla.
Clinton también defiende la “cooperación expandida” que promovió durante su estancia en el Departamento de Estado con México, y que según recuerda empezó rápidamente a producir “dividendos”: la extradición a Estados Unidos de más de cien fugitivos en 2009 o la captura o abatimiento de “casi dos decenas” de altos narcotraficantes. Una relación fluida con el gobierno de Felipe Calderón que se “tensó”, reconoce, un año más tarde, a raíz de las revelaciones de Wikileaks publicadas por EL PAÍS, que acabó provocando la dimisión del entonces embajador estadounidense en México, Carlos Pascual.
Cuando Clinton volvió a visitar México en enero de 2011, Calderón estaba “lívido”, recuerda. La veterana secretaria de Estado califica como “una de las más duras” jamás vividas la reunión que mantuvo con el presidente mexicano para “explicar y disculparse” por las declaraciones filtradas de Pascual, en las que puso en duda la capacidad del Ejército mexicano para luchar contra el narcotráfico.
La antigua jefa de la diplomacia estadounidense también halla buenas palabras para uno de los aliados tradicionales de Washington en América Latina, Colombia, especialmente por la “radical” reducción de la violencia en todo el país. En este sentido, Clinton saluda el proceso de negociación iniciado por el presidente Juan Manuel Santos con la guerrilla de las FARC como unas conversaciones que “ofrecen la promesa de llevar una paz duradera a Colombia”.
El presidente Barack Obama inició su gobierno con la promesa de tratar a América Latina en una relación “de iguales” y una flexibilización de la política hacia Cuba -recomendada también por Clinton- que fueron recibidos con aplausos. Pero los conflictos internacionales que han plagado su mandato han vuelto a alejar la atención de Washington de la región, como ha sucedido en anteriores gobiernos.
“Si hubo jamás una región donde sea necesario mirar más allá de los titulares para fijarnos en las tendencias, esa es América Latina”, sostiene la también ex primera dama. “Sí, sigue habiendo grandes problemas que tienen que ser resueltos. Pero en líneas generales, las tendencias van hacia la democracia, la innovación, oportunidades compartidas de manera más amplia y alianzas positivas entre los países y también con Estados Unidos. Ese es el futuro que queremos”, concluye Clinton.

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